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DICIEMBRE MES ESPERADO

POR FREDY GAMBETTA

Diciembre ha sido siempre el mes esperado por los muchachos. No solamente por la navidad sino porque era el fin del año escolar y el inicio de las vacaciones.

A los muchachos de la “Unidad Bolognesi” nos abrían las `puertas, después de cada examen final, para que preparásemos la prueba del día siguiente. Ese tiempo lo empleábamos en internarnos en los callejos, entre acequias, granados y vilcas, a robar peras o moras. O, como muchos adolescentes, a esperar a las chicas de la “unidad Zela” para hacer travesuras, con las hormonas alborotadas, en los idílicos callejones que eran, para nosotros, lo más cercano al paraíso donde triunfaba el despertar del amor.

Nuestra ruta preferida para aguardar a las amigas del FAZ era un callejón al costado de la quinta Flint, propiedad de la familia De Feudis. La primera parada la hacíamos en la quinta Hidalgo donde fabricaban las más ricas melcochas del reino tacneño. Allí, en los predios de don Ricardo, vivía Mónica, una muñequita que veíamos a la distancia sintiendo esas palpitaciones juveniles que no hieren a los corazones púberes y son nada más que la señal de los primeros arrobamientos, estados de éxtasis que por primera vez experimentábamos. A Mónica la cuidaban sus padres y sus celosos hermanos, Richard y Fredy, éste último mi gran amigo por el que conservo un afecto especial que nace en esos años felices cuando el cuaderno de la vida estaba con sus hojas blancas y abiertas, llenas de signos de interrogación.

Siguiendo esa ruta pasábamos por el PENJAMO que no recuerdo si era un restaurante o una gran cantina. Evocaba el mundo mejicano, con aires de Jorge Negrete y de Pedro Infante cuyas muertes provocaron duelo en la pequeña Tacna.

Después aparecía la pampa Morón, con su solitaria iglesia. Hoy todo aquello está `urbanizado y convertido en centro poblado La Natividad. Aún no se había construido el cuartel Tarapacá en el sector Las Vilcas. El camino hacia el alto y pelado Arunta, uno de los guardianes de la ciudad, estaba libre. Para ascenderlo cruzábamos el seco cauce del río que lleva su nombre y que a veces, de tarde en tarde, sorprende entrando violentamente a la ciudad.

Desde una ermita, construida a la mitad del cerro, escuchábamos los ruidos de la ciudad y de la campiña. Ese rumor, que acompañaba al rumor del viejo, delgado y generoso río Caplina, se me ha quedado para siempre en la memoria después de haber recorrido otros caminos y ascendido otros cerros, ninguno tan familiar y acogedor como el Arunta.

Tengo especial predilección por el Arunta al que lo he contemplado de día, de tarde y de noche. A la luz de la luna luce majestuoso. Semeja un gigante vigilante que se ha tendido a escuchar el murmullo de los labriegos, a velar el sueño de los tacneños que “añoran un amor” y la celestial música del Caplina. No ha sido profanado como su hermano Intiorko.

Muchos romances se iniciaron en aquellos diciembres en los callejones. Las chicas de antaño serán abuelas hogaño. El perfume de la campiña sigue ahí.

 

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