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EVOCACIONES VARIAS

POR FREDY GAMBETTA

Los tacneños, hasta donde llega mi información, no tuvieron una especial predilección por la comida china. La prueba está en que no incluyeron ningún plato chino en el menú. Salvo, a partir de la primera mitad del siglo XX, el clásico arroz chaufa o la sopa wantán.

Recuerdo en mi infancia el chifa Cantón, en la avenida Bolognesi, más arriba del templo que llamábamos “la vicaría”. El cocinero era un súbdito chino llamado Enrique. Le llamábamos “Lique”. Flaco, como todo chino que se precie de tal, gran fumador. Yo siempre le pasaba la voz a Lique que era de sonrisa fácil.

Otro chino era Aquiyo Liu, propietario de un almacén en la esquina de Arias y Araguez con Zela. Era alto, más grueso que delgado, canoso y siempre sonriente. Nunca dominó el español. Cuando desapareció yo creía que estaría embalsamado en el segundo y misterioso segundo piso de su almacén. No. Como los elefantes regresó a morir a su país. Después llegaron sus descendientes. No olvidaré a Liu. Aún conservo un múltiple abridor que le compré juntando propinas.

En la esquina de Arias y Araguez con Modesto Basadre tenía su almacén el señor Koc. Lo conocí anciano, de luenga barba blanca. Casado, con una dama tacneña, es el tronco de la familia Koc Vargas cuya prole destaca como profesionales o deportistas.

Evoco los riquísimos alfajores con miel de caña que preparaba la señorita Lily Centellas, en la novena cuadra de la avenida Bolognesi. No he vuelto a probar, después de tantos años, alfajores exquisitos como aquellos. Supongo que la señorita Centellas se llevaría a la tumba el secreto de aquel bendito producto de sus manos pues no tengo noticia de que alguno de sus descendientes los prepare hogaño con el sabor de antaño.

En Tacna, como sabemos, no había beatos ni beatas. La fe se llevó siempre con discreción. Ni mucho que quemase al santo ni poco que no lo alumbrase. Los tacneños siempre fueron liberales. Una de las pocas beatas era la señorita Rogelia Téllez. De mediana estatura, de rosadas chapas por el colorete, canosa y vestida siempre con el hábito franciscano. Se distinguía por por su modo de andar, su pisar blandito casi pisando huevos, como se decía. Las lenguas informadas aseguraban que tenía unos soberbios callos capaces de hacer temblar el Misterio. Estará ahora formando la corte celestial. Era un beata buena. Porque también las hay de las otras. Aquellas de las que Palma escribe: “Beata conozco yo, que por un Jesús no es santa, sin embargo no la aguanta la madre que la parió”

Aquí, como en todas partes, causaban asombro y curiosidad en los niños los nombres raros. A mí me llamaba la atención el nombre Telésforo. El único Telésforo que vivió en Tacna tenía un pequeño almacén en la esquina de la alameda con la calle Gil de Herrera. Me refiero a don Telésforo Serquén, norteño, que además era dirigente deportivo en mi club favorito el Augusto B. Leguía, de la recova, cuándo no.

Algunos apellidos como Yangato o el griego Baciliades llamaban mi atención. Dejo aquí estas evocaciones.

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