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SIETE AÑOS SIN LIVIO

POR FREDY GAMBETTA. Hay textos y crónicas que se escriben con el alma. Esta quiere ser una de aquellas. Si al colocar el punto final no hubiere logrado el objetivo quedará como testimonio de una intención.

Hace siete años, el 10 de agosto de 2010, partió al arcano el poeta Livio Gómez Flores, natural de Llaclla, en Ancash donde vio la luz en 1933. Afincado en Tacna aquí formó un hogar y desarrolló la mayoría de su obra poética y ejerció la docencia universitaria. Más que ello, alentó, como pocos, la llama de la poesía que adivinaba en los jóvenes creadores que se acercaban a él.

Yo fui uno de ellos. Su nombre me era conocido. Lo había leído en los suplementos literarios dominicales, de los diarios de Lima. Sabía que pertenecía a la llamada Generación del 60 y que había obtenido una mención en el concurso Poeta Joven del Perú. En su travesía poética lo acompañaban, entre otros, César Calvo, Javier Heraud, Arturo Corcuera, Reynaldo Naranjo y Pedro Gori. Me conmovía encontrar su nombre en una carta, publicada póstumamente, en la que Javier Heraud lo nombra dentro del grupo de amigos de los que no alcanzó a despedirse antes de viajar a Cuba y a la muerte.

Con esos antecedentes una tarde de otoño encontré a Livio Gómez sentado en una banca del Pasaje Vigil. Yo había ganado un premio en los Juegos Florales de la Universidad San Agustín y, años antes, fui consagrado Poeta Bolognesiano por un Elogio Lírico a la reina. Con la noticia de mis primeros galardones y algunos poemas me acerqué a Livio quien, inmediatamente, me acogió con una calidez extraordinaria. Yo entonces no había cumplido veinte años. Sin embargo nació una amistad que no acabaría sino con su partida.

En el campo de la literatura y de la poesía, concretamente, jamás he conocido en mi larga vida, a un poeta tan generoso, tan desprendido, ingenuo como un niño y de ojo avizor para juzgar el valor de un texto. Él me enseñó, sin egoísmos, a redondear el poema y a evitar el ripio. Me lo enseñó con palabras sencillas.

Lo visitaba en su hogar, formado con la profesora tacneña Luisa Valente Rossi. Conocí a sus pequeños hijos, Ximena y Fernando. Me deleitaba en su biblioteca y le pedía prestados libros que él anotaba en un cuaderno para asegurarse que se los devolvería. Buena costumbre.

Le mostraba mis poemas y me sugería cambios, cuando era preciso, con lo que ganaban los versos belleza, claridad e intensidad.

Usando uno de sus versos diré que “devolviendo la mirada” a unos papeles encontré una tarjeta que me envió por la navidad de 2008, con el siguiente poema: “Desde mis viejos recuerdos tacneñistas/ va este mi nuevo saludo navideño/al cronista de Tacna,/al cronista de la tacneñidad/al cronista del tacneñismo,/al cronista de la nostalgia,/ es decir, a Fredy Gambetta,/cronista de la Tacna que se fue,/cronista de la Tacna que se está yendo,/cronista de la viajera temporalidad,/cronista de la puntualidad viajera”

La poesía de Livio no se puede imitar. He ahí su originalidad. Poeta mayor, sin duda.

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