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SE LLAMABA MIRTHA

POR FREDY GAMBETTA. Vivía mis dulces dieciséis años. Ella tenía quince. Yo estudiaba el cuarto año de secundaria en la Gran Unidad Escolar CORONEL BOLOGNESI. Ella estudiaba en la Gran Unidad de Mujeres FRANCISCO ANTBIO DE ZELA. Yo vivía en la avenida Bolognesi, ella en el Callao, más arriba de la línea, en un barrio donde se fundían “luces de luna y almacén”

Entonces eran una novedad la llegada de los jóvenes predicadores mormones. Venían de Estados Unidos, rubios, muy lindos para las chicas que suspiraban apenas los veían caminando en pareja por las calles, con el cabello corto, vestidos con terno oscuro, camisa blanca y corbata. Eran los años sesenta. El gobierno de Estados Unidos para hacer frente a los comunistas había creado el programa Alianza para el Progreso y el Cuerpo de Paz. Algunos decían que en esos programas llegaban funcionarios de la Central de Inteligencia Americana (CIA)

Los dirigentes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días arrendaron una amplia casa, de dos pisos, propiedad del poeta Guido Fernández de Córdova, en la alameda, frente al Hotel de Turistas.

Una noche de diciembre acompañé a un grupo de amigas a visitar esa iglesia. Serían las siete de la noche cuando con ellas subimos a la azotea donde había unos cuartos que servían como depósito. En algún momento hubo un apagón. En medio de esa desconcertante oscuridad, era noche sin luna, a una chica y a mí los demás nos empujaron y cerraron la puerta.

Hacía poco que Tacna contaba con energía eléctrica generada en las Centrales Hidroeléctricas de Aricota. Nunca más volvería la pequeña ciudad a ser abastecida por los motores diesel ubicados en la calle 28 de Julio que generaban energía con grandísimo ruido y provocando temblores en el vecindario hasta la medianoche, que era cuando se cortaba el servicio.

Desconcertados ella y yo no atinamos a nada más que a tratar de salir de ese encierro. Estábamos en esos trámites cuando sin saber cómo ni cómo no, por arte de birlibirloque, y el fuego adolescente, no atinamos más que a confundirnos en un abrazo y en un inicial tímido beso que era el primero que yo daba en aquella edad feliz. Yo que cursaba Letras recordé los versos de Lope de Vega “El querer no es elección/ porque ha de ser accidente”

Ella era una gran bailarina de twist. Con su pareja de baile un nisei bajito, llamado Momi, y no sé si de amores, hasta que yo llegué, había ganado varios concursos que se organizaban en las matinés en el coliseo Zela.

Nosotros, afianzados como pareja de enamorados, recuerdo que visitábamos los domingos el hospital San Ramón, donde teníamos varios amiguitos que nos esperaban ansiosos. También paseábamos por el cementerio leyendo lápidas. Después me enteré que la costumbre de los enamorados de pasear por los cementerios era costumbre limeña hasta los años sesenta del pasado siglo.

Era linda. Bajita, grácil, cabello largo, ojos vivaces color caramelo, labios sensuales. A su paso dejaba la fragancia de desert flowers, el perfume de moda. Hace medio año que falleció.

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