COSAS DE LA VIEJA CASA

POR FREDY GAMBETTA. La casa de mi infancia, frente a la recova, tenía la puerta principal en la alameda. La puerta falsa daba a la angosta calle Bolívar.

El patio interior era de tierra. En el centro había una tinaja grande, posiblemente del siglo XVIII, y un pequeño emparrado para sostener una vid que producía, de tarde en tarde, uvas negras y chiquitas, muy malas.

En aquel patio recuerdo una ramada, cubierta de totora, debajo de la cual me dejaban sentado para que haga caquita en una bacinica azul. En el verano, cuando era temporada de uvas, me rodeaban gallinas y gallos para que les lanzara las cáscaras de las uvas que comía. La encargada de limpiarme el poto era mi mamá María. Si ella se demoraba en el mercado me quedaba sentado hasta que yo sentía la sensación de que mis piernas se llenaban de alfileres. Recordando después de medio siglo a un niño, sentado en una bacinica azul, dando de comer a una veintena de gallos, gallinas y polluelos, me sugiere una escena surrealista.

En el patio, detrás de mi improvisado trono azulado, la infaltable destiladera tacneña que tenía un continente de madera, pintado de verde. En la parte superior la piedra, con la forma de pirámide invertida, que contenía el agua y con un agujero en la parte inferior por el que discurría hacia la tinaja el líquido purísimo, destilado. Esa era el agua de mesa que nos servíamos en el almuerzo y que en sendas jarras consumíamos.

La cocina era una típica cocina española. Las paredes con hollín, las ollas y sartenes negros por el uso. En un rincón reposaba una tinaja, de mediano porte, que se usaba para preparar, de tarde en tarde, chicha de maíz.

Otro utensilio infaltable era el batán que hoy me mira como lamentándose de que nadie lo use, en un rincón de mi patio de cemento, como una de las tantas cosas que el tiempo se llevó. Cómo debe despreciar el batán a la licuadora, digo.

Solamente en el Perú y Bolivia se llama batán, como lo define la tercera acepción del diccionario de la Real Academia Española, a la “piedra plana en que, con el movimiento oscilatorio de otra de base curva, se muelen los granos, ají, etc.”

Otros utensilios caseros familiares eran el primus, que debe su nombre a su inventor y que se llama así en Perú y en Uruguay. El primus funcionaba con querosene y tenía unas primas hermanas menores, las famosas roneras portátiles. Recuerdo que a los niños nos mandaban comprar ron a la Caja de Depósitos y Consignaciones.

También aparecen en la evocación las callanas, que eran unos tiestos de barro que servían para tostar los granos de café que luego pasaban a los molinillos. Esa era una tarea grata para mí. El producto se trasladaba a la cafetera para lograr el rico café pasado. Toda una industria casera que perfumaba el hogar.

Las pailas de cobre, que vendían los gitanos, infaltables para preparar dulces de frutas variadas. Los candiles y tantas otras bellas cosas hoy han enmudecido.